EL LADO ADOLORIDO DE LA CAMA




Resulta que hoy, luego de haber visitado a un joven amigo convaleciente en el segundo piso del Almanzor Aguinaga, recuerdo una de las menciones de Schopenhauer sobre la muerte, en el que citaba la vieja costumbre griega de adornar sus sarcófagos con bajorrelieves, figuras que simulaban fiestas, bacanales, danzas, en pocas palabras imágenes de una vida más alegre y animada. Este contraste tan chocante para el entendimiento occidental era ensalzado en la antigüedad de una manera tan natural y a la vez alegórica que, aunque trate de evitarlo, hoy me resulta difícil de trasladar a este crucial momento que vive mi buen amigo Antonio Salerno.

Todo empezó hace un mes, cuando este joven narrador, prevenido por una ligera hinchazón en el lado derecho de su cuello fue a consulta con un médico. Lo primero que le recomendé fue la calma. No era para menos, se sentía acuciado por la letal amenaza del cáncer. Pese a mis palabras noté cierto pesimismo que, vaya, con el paso de los días se fue mezclando con una sobrecargada dosis de sorna. Lo bueno es que aún le asistía el buen humor,  la sonrisa y las ganas de enviar mensajes de texto.

–En mi familia –me escribió a mi correo eléctronico–, ya han muerto un par de parientes casi tan jóvenes como yo. Todos con cáncer.
–¡Diablos! –le contesté– Pero de todas maneras tómalo con calma.
–Sí, de hecho –me replicó–, estoy decidido a afrontarlo. Lo que más me reconforta es que antes de morir publicaré La cama.

Salerno, hace tres meses me entregó el manuscrito de su ópera prima, La cama miserable. Se trata de una nouvelle recreada en una ciudad imaginaria, creada por él en su infancia; una historia de amores juveniles y de decepción y despojo, desprendida de pretensiones, aunque lograda para ser un proyecto emprendido por un Antonio de dieciocho años. Aparte de esta obra, hace unas semanas también me pasó uno de sus últimos trabajos, una novela mucho más densa, que consta de cuatrocientas páginas y que me resulta gratificante saber que alguien, un talentoso e inteligente joven de estos territorios emprenda semejante empresa.

El que me hubiera mencionado, a pesar de sus circunstancias, su intención de publicar La cama miserable y ya olvidarse de aquellas páginas escritas, no tocarlas, además de leer el primer capítulo de su otro trabajo, La casa de los cuervos, percibí su convicción de convertirse en un escritor profesional, esa fe de los veintitantos años que ni siquiera la muerte parece someter.       

–No lo dudes, brother –me reafirmé–, la edición estará lista lo antes posible. Pero por el momento tienes que hacerte esos chequeos.

Sin embargo el día en que le realizarían unos exámenes, lo llamé apremiado con la intención de hacerle desistir. Le dije que tenía que acudir a una entrevista con un medio local y que pospusiera cualquier análisis. Todo fue una mentira planeada por mí. La verdad es que algo me decía que aquel muchacho no quería saber nada de evaluaciones médicas. Y mucho menos patológicas. Hace dos semanas, en un viaje que juntos hicimos a Trujillo, lo noté preocupado. Así que lo que mejor le vendría, pensé, era que vaya a la disco con alguna nena o visite la playa. Ya, Salerno, olvídate de esas cosas. De pronto es un barrito inflamado. A esa edad el acné no deja de joder. Relájate. Es una paranoia tuya.    

Mas él no me obedeció y después de varios días supe que estaba internado en el Almanzor. Fui a verlo después que le detectaron dos tumores.

–Van a tener que operarme hoy mismo –me comentó-, pero descuida, que no es cáncer.

Me sentí aliviado, aunque en el fondo, hubiera deseado que otro fuera el final, un final en que mi joven amigo tuviera cáncer y muriera. Y que la primera  edición de La cama miserable resultara póstuma. Y de que al tercer día de agotado el tiraje de 1000 ejemplares, Antonio Salerno resucitara entre los muertos.

Pero no, al cabo de una hora de intervención quirúrgica, mi amigo reposaba aliviado, con el cuello vendado y pegado a la cama, viviendo recién en ese momento el lado adolorido de su propia cama miserable de hospital.




(Publicado en semanario Expresión, edición Nº 855, 27 de marzo 2014: http://www.semanarioexpresion.com/columna.php?cl=culturales&edicion=855) 

INDULTO A FUJIMORI: ¿LA CEREZA DEL GOBIERNO APRISTA?

Lo dicho ayer por el fiscal de la Nación José Peláez, no ha podido ser más concreto y esclarecedor: sólo Alan García, en su condición de Presidente del Perú, podría darle el indulto humanitario al ex dictador y genocida Alberto Fujimori, quien como la mayoría sabe, permanece recluido en la Diroes, cumpliendo una pena de 25 años.

¿Será capaz de realizar, nuestro todopoderoso y ventrudo presidente, semejante acto de generosidad? No lo dudo. Cuenta con los suficientes mecanismos, el interés y la sinvergüencería para hacerlo. Solo que ahora junto a sus compinches fujimoristas deben estar viendo la manera más solapada de hacerlo. Y el tiempo se acorta. A García Pérez le queda mes y días de gobierno

Aquí pues no pinta nada el hecho de que haya de por medio la sentencia de un delito de lesa humanidad y se omita la normativa vigente de la Corte Internacional de Derechos Humanos. Sólo sería cuestión de “formalizar” su estado de salud “sumamente delicado” y luego firmar unos papeles.

O en todo caso, lo más seguro es que luego de que hoy por la tarde, una Junta de médicos del Instituto Nacional de Neoplásicas haya descartado que el reo Fujimori no tiene cáncer en la lengua, deben estar tramando, viendo la manera de fabricar una de sus mejores artimañas. Ya su profunda depresión y el haber bajado los 15 kilos puede ser parte del engranaje.

En este sentido, el APRA no ha renunciado a ese contubernio pactado con el fujimorismo el año 1990, cuando se aunaron a la sórdida campaña de Cambio 90 y el japonés Alberto Fujimori obtuvo la presidencia, quedando a la otra orilla, nuestro conspicuo Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Por el contrario, han crecido sus recíprocas deudas y durante estos últimos años han venido caminando de la mano. Tanto es así que Fujimori en lugar de estar en una prisión de máxima seguridad dirigió la campaña de su hija desde su espaciosa y cómoda cárcel.

Sus líderes, en este aspecto, se asemejan no por sus virtudes sino por sus taras. Y si de algo se viene salvando Alan García es la de despertar con los barrotes enfrente. Están pendientes los crímenes cometidos en las cárceles de El Frontón y Santa Bárbara. Cientos de vidas, rehenes que fueron asesinados con fusiles, ametralladoras, lanzacohetes, bazucas, cañones de 81 milímetros, explosivo plástico y dinamita. Y también la matanza de 64 campesinos, entre ellos mujeres y niños, en los pueblos de Accomarca y Pucayacu. Los de Cayara: 29 muertos y 45 desaparecidos. Están pendientes sus delitos de Cohecho Pasivo, Colusión Ilegal y Negociación Incompatible y Enriquecimiento Ilícito.

Vamos a ver más adelante cuál es la agenda de Ollanta Humala en cuanto a estos actos delictivos. Por el momento ha dicho en Uruguay que lo del indulto a Fujimori no está dentro de sus prioridades. Esperemos que el tiempo siga transcurriendo. Ver lo que pasa.

Por otro lado, García ha dado indicios de su escandalosa generosidad al finalizar su primer gobierno, cuando el 9 de julio de 1990 para ser exacto, el líder del MRTA, Víctor Polay Campos, amigo de antaño del presidente, fugó junto a 47 terroristas por un túnel construido desde fuera del penal de máxima seguridad Miguel Castro Castro.

Por lo visto, para Alan García, el significado de seguridad tiene una acepción muy personal.

DE TAL SANGRE, TAL CALAÑA

Se dice que la señora Keiko Fujimori no tiene la culpa de los delitos cometidos por su padre. Que los crímenes, robos al erario nacional, -o sea el dinero de todos los peruanos-, y todo un engranaje de falsificaciones y la componenda de actos delictivos y corruptos son cosas en que ella no tuvo nada que ver. Que todos los hijos no pueden cargar con las culpas de sus padres. Algo así como lo que se acostumbra a decir en nuestros barrios: si el padre es ratero la hija no siempre lo va a ser. Pero es mentira. Al menos en este caso.

Cuando Keiko Fujimori asumió el cargo de primera dama tenía 19 años. Desde entonces, su entorno no sólo se limitaba al permanente trato con su padre, el tío Santiago, Rosa, Pedro y Juana Fujimori (los mismos que robaron las donaciones de ropa y dinero enviados desde Japón, como lo señaló Montesinos al ser interrogado en la Base Naval), sino también al otro tío, no carnal, Vladimiro y a aquella mancha de facinerosos cuya mayoría hoy están encarcelados. ¿Es este un círculo donde alguien pueda crecer con valores morales? ¿Qué clase de enseñanzas se puede aprender de todos ellos?

Pero continuemos. El hecho es que durante aquel periodo colmado de poder, Keikito, inocente ella, fue parte de una dictadura en que se esterilizaron sin su consentimiento, a más de 300 mil mujeres humildes, algo realmente polpotiano, que incluso a una quinceañera sensible y quien sabiendo de semejante crueldad, le hubiera causado un shock y se hubiera distanciado de aquella jauría sedienta de sangre y dinero.

Mas no, Keikito, con 20-25 años, siempre se mostró solícita. Es decir, siempre se hizo de la vista gorda, incluso cuando supo que a su propia madre papito Alberto la torturaba física y emocionalmente y que el tío Vladi propalaba a la prensa argumentando que estaba loca.

Le importó un pepino verla haciendo una huelga de hambre, protestando ante la decisión amañada del JNE, presidido por Ricardo Nugent, quien declaró improcedente su lista para el congreso Armonia-Frempol. Le importó un bledo verla con 40 kilos y siendo llevada de emergencia a la clínica San Luís.

Sólo de esa manera Susana Higuchi desistió de su huelga. ¿Acaso no tenía razón cuando dijo que su hija la “abandonó por el sucio dinero de su padre”? ¿Acaso no se equivocó cuando señaló que Keiko “tenía ángel para la gente de afuera” y que para ella tenía la “cara de diablo”?

Claro que no se equivocó. Es por ello que ahora no nos sorprende verla cómo la exhibió durante la primera vuelta en su casa, para la foto y las pantallas de televisión. Y antier en el mitin, con la única intensión de que el público crea que con su madre no pasó nada, que están juntas y jamás la abandonó. Sin embargo, algo me dice que no anda bien. Me da la impresión que Susana Higuchi estuviera dopada. ¿No será que la electricidad inflingida por órdenes de Alberto Fujimori ha dejado sus secuelas?

Por otro lado, volviendo a los 90as, no cualquier hija se siente orgullosa de un padre que los periodistas más serios del país lo relacionen con la muerte de 15 personas, entre ellas el niño Javier Ríos Rojas de ocho años y su padre Manuel Isaías Rojas de 33, en Barrios Altos, el 3 de noviembre de 1991, ni tampoco la vil ejecución de nueve estudiantes y un catedrático de la universidad Enrique Guzmán y Valle, el 18 de julio de 1992. Por más joven que sea. 16 años no es pues la edad de una niña.

Entonces, pregunto, ¿y qué es lo que ocurrió cuando asumió su rol de primera dama? Sin duda permitir toda esa clase de tropelías y ser parte de esa mafia llamada fujimorismo de la cual es hoy candidata.

Porque si le hubiera asqueado este tipo de política, este comportamiento delincuencial y falta de respeto hacia la democracia y los derechos humanos hubiera renunciado ahí mismo. Y quizá, por sentido común, se hubiera acercado a su madre e ido a vivir con ella.

Pero no, Keiko y sus 3 hermanos prefirieron estar cerca del poder ostentado por el genocida de su padre. Y de este modo terminaron siendo premiados: ella, Hiro, Sachy y Kenji fueron a estudiar en universidades privadas de Estados Unidos. ¿De dónde sacó Alberto Fujimori el 1,225,000 dólares si su sueldo ni siquiera llegaba a los 1,000 dólares mensuales y el cual ni siquiera cobró durante su mandato?

El ex asesor de su padre, Vladimiro Montesinos, lo dijo: el dinero salió de Servicio Nacional de Inteligencia. O sea, era dinero robado, nuestro dinero. Y ahora resulta que desde hace un tiempo Keiko nos viene con una serie de argucias sin sentido tratando de pasar piola y pegarla de inocente. Lo que debe hacer junto a sus hermanos es ser sentenciados por complicidad en el delito de peculado y enriquecimiento ilícito.

Como bien indicaba Fromm: “El amor paterno es condicional. Su principio es "te amo porque llenas mis aspiraciones, porque cumples con tu deber, porque eres como yo"”.

Keiko Fujimori es la viva representación de su padre. Y esto se ha dado a notar en toda la campaña de segunda vuelta. Lleva en el alma el estigma del cinismo, la corrupción y el crimen.

De tal sangre tal calaña.

KEIKO FUJIMORI, LA TELEVISIÓN Y SUS SPOTS

Pocas veces son las ocasiones en que veo televisión. Sin embargo, durante los últimos meses he vuelto a consumir noticieros y otros programas que el año pasado, con todos sus 365 días, no hubiera podido digerir. El esfuerzo se debía y debe a las próximas Elecciones Presidenciales.

Durante la primera vuelta todo se mantenía en una marcha normal, dentro de lo presupuestado en cualquier campaña electoral. No obstante llegó la segunda vuelta y si que las cosas cambiaron.

Entonces fue que la televisión se convirtió en un teatrino no apto para niños sino para adultos, ciudadanos y ciudadanas posiblemente manipulables. Un escenario tenebroso, plagado de artimañas nada divertidas o ilustrativas. En fin, ver a Bayly fue, dentro de todo ello, lo peor. Sin duda ha sido el títere de guante más repulsivo que he visto en mi vida.

Por otro lado, estando cerca, muy cerca de la segunda vuelta no deja de provocarme cierta regurgitación al ver los inevitables spots de la candidata fujimorista Keiko Fujimori.

Y para muestra, he aquí dos anaranjados botones:

Calle segura. Dice que con este programa aplicará mano dura ”contra la delincuencia”, “garantizando que los delincuentes sean sancionados”. ¿Le creemos? Para empezar, debería ser conciente que su padre es uno de ellos (y de “alto vuelo”) y que debería permanecer en la cárcel sin estar diciendo que lo indultará o en todo caso invocará a las portátiles fujimoristas para que se movilicen (http://www.youtube.com/watch?v=E0hEOuHx33Q). En tal sentido, una de las primeras cosas que nos espera si gana la hija del delincuente sería el indulto de aquél que nos robo 6 mil millones de dólares de los cuales se recuperaron 185 mil. ¿Dónde está el resto de dinero? Obvio, en la millonaria campaña, compra de medios de comunicación, trato con sicarios y almas que esperan a que el diablo los tiente. Y en eso, sólo ha ido una minúscula parte.

Superintendencia de derechos laborales. “En el Perú las leyes laborales no se cumplen”, indica en este spot moviendo el dedito, como si hubiera dicho algo novedoso. Y continúa: “para que respeten tus 8 horas de trabajo, para que te paguen tus horas extras, tus vacaciones y tu pensión de jubilación…Haré que respeten los derechos de todos los trabajadores y eliminaré el abuso de las services”. ¿A dónde fue su famita de estudiosa? Ocurre que quiere pasarse de viva. Al fiel estilo de su padre, pretende pasar desapercibido lo que realmente sucedió durante la dictadura del “mejor presidente que ha tenido el Perú” (dixit Keiko) en cuanto a estos derechos laborales. ¿Y qué es lo que pasó? Que las leyes laborales no se cumplieron, que fueron devastadas hasta el punto de que hoy el 70 % de trabajadores laboran temporalmente, sin la menor posibilidad de asociarse en sindicatos y sin una legislación que los ampare y los lleve a vivir una vida digna. Conozco a personas que trabajan 12 horas y ganan 250 mensuales, conozco a guachimanes, obreros (contratados por las Services patrocinadas por el mismo Alberto Fujimori) que trabajan esa misma cantidad de horas y apenas se llevan 600 soles al bolsillo. Aquí hablar de 8 horas, horas extras, vacaciones y aún más de pensión de jubilación es algo cruel. Y sobre todo sabiendo que tu partido ha sido causante de semejante desolación y desgracia. Solo Keiko –y su entorno- posee esa tremenda desvergüenza.

En definitiva, seguiría escribiendo y detallando más cosas pero las arcadas son incontenibles y lo único que se me ocurre en este momento es usar a la caja boba como mediato deposito de mi nausea.

UN RECITAL NO HACE VERANO


Hace unos días, cierta amiga me hizo saber que dentro de poco enviaría a mi casa una invitación para leer poesía en su ciudad. Durante unos segundos me quedé en silencio. ¿Cómo decirle, en pocas palabras, que desde hace dos meses atrás había decidido no participar en recital poético alguno? ¿De qué modo hacerlo sin que ella luego me pregunte el porqué y yo me vea obligado a soltar, con ostensible desgano, argumentos e ideas que no le otorguen posibilidad alguna para que insista y descarte definitivamente mi participación? Quedamos, minutos después, en hablar mejor por teléfono. Sin embargo, debido a circunstancias diversas, hasta estos instantes no nos hemos comunicado. Y creo que es lo mejor. En todo caso no estaría escribiendo estas líneas, aprovechándome del insomnio y la quietud de la noche.

En algo más de quince años metido en este mundo de tres gatos (yo, tú y él) que es la literatura, sobrada agua ha pasado bajo mis ojos. Y no poca de ella ha provenido de los mencionados recitales.

No sé por qué, pero el primer recuerdo que acude a mi memoria es cuando en una lejana tarde de invierno vi llorar a un poeta. Tenía la barba salpicada de canas y su llanto era el de un niño humillado frente a la vista de familiares y amigos. No era para menos. Públicamente había sido menospreciado. No le habían permitido leer sus poemas, ser escuchado. ¿Y todo por qué? Pues porque el presidente de ese evento prefería darles prioridad a los integrantes de su institución así como a un grupo de jubilados latinoamericanos quienes de manera tardía habían optado escribir y publicar todo cuanto a sus mientes se les aparezca. Aparte de ello es que éstos últimos habían pagado con anticipación sus respectivas inscripciones en dólares. Así que al pasar unos minutos, junto a un compañero de estudios, terminamos abandonando aquel envilecido lugar

Pero eso no es todo. En mis ojos también se agolpan otras escenas, personajes que salen con la firme decisión de leer su poema más irreverente, lúdico, ontológico, ininteligible. Y aquellos otros, los histriónicos. Esos hiperactivos espíritus que necesitan de gestos y caretas para atraer la atención de las iridiscentes miradas de los espectadores. A todos ellos todavía los veo ansiando, con el rabillo de sus ojos, alguna respuesta de rechazo o aceptabilidad del público y luego, bajando de los proscenios como si se trataran de seres divinos e inabordables.

Con el tiempo, los asistentes a recitales poéticos han ido desapareciendo uno tras otro. Si antes, durante buena parte del siglo pasado, se tuvo el aprecio de obreros, intelectuales y estudiantes, hoy tan sólo se cuenta en las sillas de las salas a los propios poetas, algunos diletantes y un puñado de amigos. Casi las mismas caras. Por otro lado, un recital es en estos tiempos una insípida pasarela donde desfilan egos y carencias. Un evento para el bostezo. E inclusive un espacio donde se solaza el status. Porque, claro, en estos días es un presupuesto valido saber con quién compartirás la mesa. Enterarte si tu nombre va acompañado de contertulios que estén a tu altura. Caso contrario, no participas o asistes.

Después de prolongados alejamientos, el año pasado volví a estas andadas. Volví a leer en ciudades como Tarapoto, Lima, Trujillo, Cajamarca y Piura. En ese orden. Pero más allá de tener ganas de leer, lo hice (y siempre lo he hecho) con la idea de visitar a los amigos y conocer otro tanto de cada lugar. Un recurrente pretexto. Un insustancial hábito, definitivamente prescindible. Claro que sí. No hay nada más gratificante que un repentino viaje. Sin fecha de salida ni de regreso.

Así que más allá de los propios recitales el problema es netamente humano. En tal sentido, ¿para qué seguir respirando ese aire plagado de egoísmo si mientras uno se pavonea leyendo poemas, la muerte no ha dejado de incrustar su silenciosa daga en la vida de decenas de niños en el mundo?, ¿acaso es el aplauso, el reconocimiento lo único que buscamos para salir del tedio o ser felices?, ¿para qué seguir allí si la verdadera poesía está afuera, en las calles, plazas, mercados o entre la hierba de los campos? O en todo caso permanece “callada, escuchando su propia voz” (Martín Adán).

De modo que ya lo sabes mi estimada Sybila. Estos son, en términos generales, los motivos que me han llevado a denegar tu invitación. Agradezco tu gesto. La existencia de la noche. Y así no llames, dejemos que nuestras mentes, el insomnio y la poesía se mantengan en un profundo silencio.

AL OTRO LADO DE LA NAVIDAD

Una vez más diciembre ha llegado y la nostalgia lentamente se mete bajo la camisa, oprimiendo el pecho. No hay lugar donde los villancicos dejen de entremezclarse con el aire citadino. El ruido de radios y televisores se multiplican en casas, barrios, en la ciudad entera. Innumerables luces de colores que se apagan y encienden cuelgan en ventanas y árboles. El mes de la navidad ha llegado y el agónico aire de la primavera me ha lanzado una fría gota de lluvia que acaba hundiéndose en el alma.

No es que quiera ser egoísta pero diciembre debería pasar rápido o en el mejor de los casos lo primero que debo hacer a estas alturas es proveerme cuanto antes de una buena dosis de somníferos. Y pasar el mes durmiendo. Sin sentir el menor agobio.

Pero no siempre la llegada de navidad me causó este tipo de aflicción. Todo lo contrario, era una de las fechas que con más ansiedad esperaba. Y claro, fue la época en que era niño y creía que la vida era una duradera candelilla iluminada por chispitas.

Recuerdo que durante los primeros días de este mes mis primas, Elsa y Miriam comenzaban a desempolvar las cajas de cartón donde se hallaba guardado el Nacimiento: mulas, bueyes, ovejas, (y con el tiempo fueron aumentando: gallos, loros, asnos, caballos, incluyendo perros y elefantes), algunos pastores, los Reyes Magos, San José, la virgen María y, por supuesto el niño Jesús, todos ellos hechos de arcilla y envueltos en hojas de periódicos pasados. Además, estaban la estrella de Belén, el pasto artificial y los pliegos de papel pintados de verde, salpicados con otros colores. En toda la casa se apreciaba una algarabía de fiesta.

Años antes, cuando mi abuela materna, – la única que he conocido – estaba viva, los niños del barrio solían visitar las casas y cantar villancicos frente al nacimiento. Así que ella, como las otras vecinas, en señal de agradecimiento les daba caramelos, empanadas o un pedazo de panetón. Yo, cuánto había deseado ser parte de aquel grupo, especie de toribianitos arrabaleros, pero nunca me dieron permiso. Y es que no existía luz eléctrica en el barrio. Llegaba hasta la próxima cuadra de mi casa. Mi madre, la abuela y mi tía, siempre han creído que dentro de la oscuridad habita la maldad. Se imaginaban que me perderían en ella. Ni por acá pensaron que existía otra tiniebla, otro inminente peligro en alguna parte del camino: la poesía.

Y aunque Papá Noel jamás llegó por mi calle, no dejaba de esperar mi regalo, así sea el más sencillo, generalmente ropa, calzado o algún juguete. De este modo, a la hora de la cena, todos los primos (Sonia, Miriam, Toño y Diana) nos paseábamos luciendo flamante atuendo o viendo emocionados la función de un nuevo juguete.

Mi abuelo, hasta hoy acostumbra a colocar al niño en su pesebre, un niño que tiene más de treinta años, el dedito gordo del pie quebrado y un inconfundible pañal celeste. Desde hace buen tiempo es el único padrino. Pero ya no le pone dinero como anteriormente lo hacían sus antecesores. Solo le reza y acunándolo entre sus manos lo acerca hacia nuestros labios para darle un beso. Además, hace tiempo que nuestro Nacimiento se va reduciendo a unos cuantos animales y mi hermana Katy, quien es la que ahora persiste con la tradición, apenas necesita una repisa para poder armarlo. En los ojos del abuelo, a veces me veo niño y siento que vuelve a vernos correr por la casa, haciendo bulla, gritando. Pero ya Sonia y Diana están lejos. Toño bebiendo. Hernán y Matilde en alguna parte de la noche que invita al olvido. Sin embargo han nacido nuestros primeros sobrinos: Sofía, Alonso, Adriana, Diego y Santiago. La Navidad con ellos vuelve a tener sentido.

Bueno, lo último que acabo de decir es una manera de hacer liviana la nostalgia. El viento de la vida no ha cesado de arrojar polvo en mis ojos. No es este el mundo que yo me imaginé de niño. Era otro. Allí no había guerras, hambre, corrupción, latrocinio, comercio. Un mundo de pocos metros, pocas horas pero feliz.

Intentaré encontrarlo en mis sueños.

Valverde no es Lambayeque

No hay la menor duda, el APRA se ha convertido definitivamente en lóbrego paraje donde habitan organismos hematófagos, insaciables animales que esquilman todo cuanto hallan a su paso, dejando en su trayecto un irrespirable hedor a baba y corrupción. Y lo peor de todo es que en cada parte del país se van reproduciendo de manera inevitable. Es una plaga de la democracia.


De este modo aparece en Lambayeque el nombre del señor Manuel Gaudioso Valverde Ancajima quien dando una especie de golpe (así como en el hipódromo lo hace el caballo al que casi nadie paga por verlo llegar entre los ganadores) queda segundo en las elecciones regionales del pasado 3 de octubre y al no obtener Humberto Acuña el 30 % de los votos validos del electorado tiene ahora el chance de convertirse en el nuevo Presidente Regional de Lambayeque.


Pero no se trata de un golpe dado al azar sino a punta de maña y fraude impuesto por aquellos chacales del ardid, jauría de dizque personeros que hasta por una dádiva son capaces de otorgar su alma al mismo diablo. Y hay que tener cuidado la próxima semana, la zona donde se mueven como pirañas en el agua es en la rural (Keiko, dixit) ¿Es todo lo que el APRA ha aprendido en más de ochenta años de existencia? ¿Acaso uno de sus máximos logros, sus mayores aportes es reiterarnos, como lo dice el sabido refrán, que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”? Sin embargo, lo importante para ellos es que lograron que Alianza para el progreso no se adjudicara con el triunfo.


Alcalde de Pitipo, distrito de la provincia de Ferreñafe, durante dos periodos, Valverde es otra muestra de lo bien que te puede tratar la política si careces de escrúpulo alguno. Mucho más si no tienes bandera y tu ambición es tan grande como tu descaro. Al parecer, es el modo, la actitud más practica de llegar a la política. Y de eso, hace tiempo se ha dado cuenta Javier Velásquez Quesquén, ex Presidente del Consejo de Ministros de la República del Perú, cacique aprista de estos predios y amigote de Manuel Gaudioso


Viendo su hoja de vida en la página Web del JNE veo que el candidato aprista tiene una experiencia laboral de seis meses, siendo director – gerente de una empresa llamada Discovery Import Sporty Services de la que con las justas aparece una información en internet: está en condición de Baja de Oficio, o sea que la SUNAT al ver que no cumplía sus obligaciones fue excluida del padrón de contribuyentes activos. Año 2002. Lo que sigue es historia conocida. Resultó elegido y re elegido por su pueblo natal.


Hasta allí, digamos, todo bien. Pero lo que si me hizo fruncir el ceño en señal de sorpresa es ver la parte de sus bienes y rentas. Tiene dos inmuebles, uno en Chiclayo y el otro en Lima, valorizados en 3 millones de soles. Además, percibe 13 mil soles mensuales producto de su actividad privada, lejos del servicio público. ¿Un gran ejemplo de ahorro y esfuerzo? ¿Cuántos lambayecanos desearían trabajar unos ocho años y tener siquiera una modesta casa, un lotecito en cualquier parte?


Ahora bien, por otro lado lo que también resulta inquietante es la campaña de su candidatura. Nada modesta. Sus avisos políticos contratados son trasmitidos hasta el hartazgo en radios y televisoras. Ni hablar de sus visitas proselitistas. En cierto modo, si su sueldo de 13 mil existe, quedará en déficit. Y de lo que está en verde pasará a un color pálido.


Así que eso de que Manuel Gaudioso Valverde Ancajima sea Lambayeque, como dice en la publicidad, no me lo creo. Lo que si en realidad es uno de los tantos apristas que con afán busca el poder y la ganancia fácil (la lista cada vez crece, sin tregua) El aprovechamiento de nuestros impuestos. Es la característica, los genes de estos apristas contemporáneos.


Y no es que sea un partidario de Alianza para el progreso. Ocurre simplemente que es una actitud anti aprista, anti mafia. Un gesto particular e ineludible.